Alteraciones de conducta en personas con TEA y discapacidad intelectual: cuando la conducta es el único lenguaje disponible
Psicóloga en la Unidad de Discapacidad
Las alteraciones de conducta en personas con TEA y discapacidad intelectual no siempre son un problema que corregir. En muchos casos son una forma de comunicar necesidades, emociones o malestar. En este artículo analizamos qué dice la evidencia científica sobre la relación entre comunicación y conducta, y cómo herramientas como la evaluación funcional y los pictogramas ayudan a ofrecer una atención más personalizada y centrada en la persona.

Comprender la función de una conducta es el primer paso para ofrecer una atención personalizada, respetuosa y basada en la evidencia.
¿Qué ocurre cuando una persona no puede expresar con palabras que tiene miedo, que algo le duele o que necesita ayuda?
En personas con Trastorno del Espectro Autista (TEA) y discapacidad intelectual, las alteraciones de conducta pueden convertirse en la única forma posible de comunicar una necesidad. Lejos de interpretarlas únicamente como un problema que debe corregirse, comprender qué función cumplen constituye el punto de partida para ofrecer una atención más eficaz, más humana y centrada en la persona.
En Ospitalarioak Fundazioa Euskadi trabajamos desde esta mirada. Entender qué hay detrás de una conducta nos permite diseñar intervenciones individualizadas que mejoran la calidad de vida de las personas y favorecen entornos más seguros tanto para ellas como para los equipos profesionales.
Cuando la conducta comunica lo que las palabras no pueden decir
Las alteraciones de conducta graves, como la agresividad, la autolesión o la agitación, son relativamente frecuentes en personas con TEA y discapacidad intelectual.
Sin embargo, reducir estas conductas a un «problema de comportamiento» supone simplificar una realidad mucho más compleja.
En muchas ocasiones, la conducta cumple una función concreta:
- expresar una necesidad;
- escapar de una situación que genera malestar;
- solicitar atención;
- acceder a un objeto o actividad deseada;
- regular una sobrecarga sensorial;
- expresar dolor físico o emocional.
Cuando la persona dispone de pocas habilidades de comunicación verbal, la conducta puede convertirse en el canal más accesible para expresar aquello que no puede comunicar de otra manera.
Por eso, antes de intervenir, la pregunta más importante no es:
¿Qué está haciendo esta persona?
Sino:
¿Qué nos está intentando comunicar?
Cambiar la mirada cambia la intervención
Existe una interpretación muy frecuente ante las conductas desafiantes:
«Es que él es así.»
Sin embargo, asumir que determinadas conductas forman parte inevitable del trastorno puede impedir comprender qué función cumplen realmente y limitar las posibilidades de intervención.
La evidencia científica lleva décadas demostrando que muchas conductas disruptivas pueden entenderse como una forma de comunicación no verbal y que, cuando la persona adquiere herramientas para expresar sus necesidades de otra manera, estas conductas pueden disminuir significativamente.
Eso no significa que todas las alteraciones de conducta tengan un origen comunicativo.
En algunos casos responden a necesidades sensoriales, malestar físico, ansiedad, cambios en el entorno o a una combinación de varios factores.
Precisamente por ello resulta imprescindible realizar una valoración individualizada de cada situación.
Cada persona es diferente.
Cada conducta también.
Y comprender esa diferencia es la base de cualquier intervención eficaz.
Qué nos dice la evidencia científica
La investigación internacional muestra de forma consistente que las dificultades de comunicación y la severidad de la discapacidad intelectual son dos de los factores más estrechamente relacionados con la aparición de conductas desafiantes en personas adultas.
Diversos estudios también concluyen que, cuando la conducta tiene una función comunicativa, enseñar formas alternativas de comunicación constituye una de las intervenciones con mayor respaldo científico disponible.
No se trata únicamente de reducir una conducta.
Se trata de ofrecer a la persona nuevas oportunidades para expresar lo que siente, necesita o desea.
Y ahí es donde la comunicación adquiere un papel fundamental.
Los pictogramas: mucho más que imágenes
Cuando una persona no dispone de lenguaje verbal suficiente, necesita otras herramientas para poder expresar lo que siente, necesita o desea.
Los pictogramas forman parte de los sistemas de comunicación aumentativa y alternativa (CAA) y permiten comunicar emociones, necesidades, preferencias o rechazos mediante representaciones visuales sencillas.
En personas con TEA y discapacidad intelectual, su utilización está ampliamente implantada en la práctica clínica y educativa, ya que ofrecen un canal de comunicación accesible, estructurado y predecible.
Su valor no reside únicamente en facilitar la comunicación.
Cuando una persona dispone de una forma eficaz de expresar lo que le ocurre, la conducta puede dejar de ser el único recurso disponible para hacerse entender.
Por ello, los pictogramas no son un fin en sí mismos, sino una herramienta que amplía las posibilidades de comunicación y favorece una mayor autonomía.
No obstante, para que realmente sean eficaces deben adaptarse a las capacidades de comprensión de cada persona y utilizarse de forma coherente en todos los entornos en los que se desarrolla su vida: el residencial, el clínico, el familiar y el comunitario. La evidencia científica disponible señala que esta coherencia entre contextos es uno de los factores que más influye en el éxito de las intervenciones.
Comprender antes de intervenir
Antes de intentar modificar una conducta, es necesario comprender por qué aparece.
La evaluación funcional de la conducta permite identificar qué función cumple en cada persona y en cada contexto.
No todas las conductas responden al mismo motivo.
Algunas buscan evitar una situación que genera ansiedad.
Otras intentan obtener atención.
En ocasiones responden a una necesidad sensorial o a un malestar físico.
Y en otras, la conducta constituye la única forma que la persona tiene para comunicar aquello que necesita.
Comprender esa función cambia completamente la intervención.
Ya no se trata únicamente de reducir una conducta.
Se trata de ofrecer alternativas que respondan a esa misma necesidad de una forma más adaptativa.
Por ello, la evaluación funcional constituye una herramienta imprescindible dentro de la práctica clínica basada en la evidencia.
Cómo trabajamos este enfoque en Ospitalarioak Fundazioa Euskadi
En la Unidad de Discapacidad Intelectual y TEA de Ospitalarioak Fundazioa Euskadi, la evaluación funcional forma parte de la práctica clínica habitual.
Antes de diseñar cualquier intervención, los equipos profesionales analizan qué función cumple cada conducta y cuáles pueden ser los factores que la están desencadenando o manteniendo.
Este trabajo implica:
- evaluar cada conducta de forma individualizada, evitando interpretaciones generalistas;
- identificar las necesidades comunicativas de cada persona;
- incorporar pictogramas y otras herramientas de comunicación aumentativa adaptadas a su nivel de comprensión;
- coordinar la intervención entre los diferentes entornos en los que participa la persona;
- reforzar nuevas formas de comunicación que permitan sustituir aquellas conductas que cumplen una función comunicativa.
Este enfoque requiere una intervención interdisciplinar en la que profesionales de diferentes ámbitos trabajan de forma coordinada para ofrecer respuestas coherentes y adaptadas a cada situación.
Porque detrás de una conducta nunca hay una solución única.
Hay una persona con una historia, unas capacidades, unas necesidades y un contexto propios.
Y comprender todo ello es el primer paso para cuidar mejor.
Comunicar también es cuidar
Cuando una persona consigue expresar que tiene miedo, que necesita descansar, que algo le duele o simplemente que no quiere continuar una actividad, cambia mucho más que una conducta.
Cambia la forma en que se relaciona con quienes la rodean.
Disminuye la frustración.
Aumenta la sensación de control.
Se reducen muchas situaciones de tensión.
Y mejora la calidad de vida tanto de la persona como de quienes la acompañan.
Por eso, ampliar las posibilidades de comunicación no significa únicamente incorporar una herramienta.
Significa reconocer el derecho de cada persona a expresar lo que siente y necesita.
Y eso también forma parte del cuidado.
Más allá de la conducta: reconocer a la persona
Las alteraciones de conducta en personas con TEA y discapacidad intelectual no siempre son un síntoma que deba eliminarse.
Con frecuencia son la expresión de una necesidad, de un malestar o de una dificultad para comunicar aquello que la persona siente.
Por eso, antes de intervenir, es imprescindible comprender qué función cumple esa conducta y qué está intentando expresar.
Solo desde esa comprensión es posible diseñar intervenciones eficaces, respetuosas y realmente centradas en la persona.
La evidencia científica muestra que, cuando la conducta tiene una función comunicativa, ofrecer herramientas alternativas de comunicación puede reducir significativamente la aparición de conductas desafiantes y mejorar la calidad de vida de las personas.
Una atención centrada en la persona también empieza por escuchar
En Ospitalarioak Fundazioa Euskadi entendemos que cuidar no consiste únicamente en responder cuando aparece una conducta.
Cuidar significa anticiparse.
Comprender.
Escuchar.
Adaptar los apoyos a las necesidades de cada persona.
Y ofrecer herramientas que le permitan participar de forma activa en su vida cotidiana.
Por eso incorporamos metodologías basadas en la evidencia, como la evaluación funcional de la conducta y los sistemas de comunicación aumentativa, dentro de un modelo de atención centrado en la persona.
Un modelo que entiende que cada conducta tiene un significado, que cada persona necesita respuestas diferentes y que la verdadera innovación no consiste únicamente en incorporar nuevas herramientas, sino en transformar la forma en la que comprendemos y acompañamos a las personas.
Comprender para cuidar mejor
En muchas ocasiones, una conducta desafiante no es el problema.
Es el síntoma visible de una necesidad que todavía no ha encontrado otra forma de expresarse.
Cuando una persona dispone de más oportunidades para comunicar, también dispone de más oportunidades para participar, decidir y relacionarse con su entorno.
Por eso, ampliar las posibilidades de comunicación no es únicamente una estrategia terapéutica.
Es una forma de promover la autonomía, favorecer la inclusión y reconocer el derecho de cada persona a ser escuchada.
Porque detrás de cada conducta hay una historia.
Hay una necesidad.
Hay una persona.
Y comprenderla es siempre el primer paso para cuidar mejor.
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